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Biografía

Sensación del pop. Voz de su generación. Diseñadora de moda. Activista política. Atrevida y lista bloggera respondona. Experta sexual calificada X. Borracha desplomada. Meneadora antagonista. Reina del MySpace. Exhibicionista. Prima donna. Icono de estilo. Novia famosa. Hija famosa. Hermana famosa. Presa de los paparazzi. Promotora de la fiesta. Princesa.

A Lily Allen le han llamado todas esas cosas, y muchas, muchas más –a veces justificadamente, otras sin razón. Es pija, es común, es sexy, es recatada, es reticente, es directa, es sensible, es descarada, es amada, está angustiada, y muchas veces todo eso en la misma velada. Luego se va a la cama, se levanta y desayuna. Luego cuelga su desayuno en Internet. Luego otra gente analiza su desayuno. Y se pregunta porqué ha colgado su desayuno en Internet.

Llevando la contraria, contradictoria, ocasionalmente maliciosa, siempre convincente, Allen, a los 23 años, es la estrella pop británica más coherente y sistemáticamente comprometida y que engancha y atrae, además de una de las de más éxito.

Tomó por primera vez el escenario público en julio del 2006, con una canción, un fenómeno totalmente formado que ayudaría a definir aquel verano, la súper-pegadiza “Smile”, su primer CD single y su primer número uno en el Reino Unido. “Smile” sirvió como excelente primera obra para Allen, un despreocupado ritmo dinámico, una rebanada de pop perfecto con toques tirando al ska que se distinguía por una voz dulce como el azúcar y unas letras resueltamente autobiográficas. Era una canción de otorgamiento de poder femenino cantada por una bonita post-adolescente de grandes ojos y verbo inteligente, ataviada con un vestido rosa de fiesta de graduación y zapatillas Nike recién estrenadas, maquillaje fluorescente y enormes pendientes de aro.

“LDN” fue, si cabe, incluso más insidiosa y distintiva: una falsa-nativa, texto deletreado, un himno triunfal profano a su ciudad natal en toda su mugrienta gloria.

Para cuando llegó la publicación de “Alright, Still”, su álbum de debut, el estrellato de Allen se había solidificado y cementada su persona pública: descarada, sardónica, abrasadoramente sincera, chispeante, puntiaguda y satírica. Algunas de las historias sobre ella eran incluso reales.

Lily Allen nació en mayo de 1985 en Hammersmith, al oeste de Londres, hija de una productora de cine, Alison Owen, y de un actor, Keith Allen. Tuvo una infancia poco convencional, pero no exenta de compensaciones, que hizo que Allen se espabilase mucho más de lo que le correspondía por edad y tremendamente motivada para labrarse su propio sitio en el mundo. Se crió junto a una hermana y un hermano en Bloomsbury, Shepherd’s Bush, Primrose Hill e Islington, asistió a 13 colegios distintos en total antes de abandonar su educación formal a los 15 años y embarcarse en un odisea adolescente de inocencia y experiencia: irse de marcha en Ibiza, estudia para ser una florista, esperando siempre meterse en la industria del entretenimiento.

Estuvo llamando a las puertas de las discográficas desde los 16 años, y su primer contrato llegó en 2002, con Warners, que la empujaron hacia una inconfortable dirección folky. Sería dos años más tarde, trabajando con los productores Future Cut, cuando Allen empezó a sentirse cómoda como compositora. En el 2005 firmó para Regal, un sello de Parlophone, y, frustrada por la lenta marcha de la industria discográfica, empezó a subir maquetas a su MySpace. Mientras, una serie de apariciones en directo en un garito de Notting Hill, Yo-Yo, en la primavera del 2006 empezaron a abrir el apetito de prensa y público.

“Smile” (Sonrisa) fue su primera composición, una canción tan atractiva que provocó que el productor Mark Ronson volase a Nueva York pagándose sus propios gastos, donde colaboraron en la delicada “The Littlest Things” (Las cosas más pequeñas.) (Más tarde, “Smile” ganaría un premio BMI a la composición. No está mal para un primer intento). Ronson y otro productor americano, Greg Kurstin, fueron los colaboradores cruciales en “Alright, Still”, que llegó a vender 2,5 millones de discos, entró en el top 20 de la lista Billboard en América, consiguió para Allen cinco nominaciones a los premios BRIT y un puesto triunfal en el escenario Pirámide en el festival de Glastonbury del 2007. Si la imitación es la expresión más sincera de adulación, entonces Allen debían haberse sentido muy halagada de hecho, porque sus imitadoras eran toda una legión: de repente las listas de éxitos estaban llenas de cantautoras estilo Lily rimando sobre relaciones que salen mal.

Entretanto, Allen ofreció su voz como artista invitada en canciones de Robbie Williams, Dizzee Rascal y Basement Jaxx, entre otros, y se hizo especialista en inesperadas versiones. Aparte de su brillante interpretación del “Oh My God” de Kaiser Chiefs junto a Ronson, ha versioneado a The Kooks, The Pretenders y Blondie, y ha generado un sardónico repaso del tema “Window Shopper” de 50 Cent.

Para nada ha sido todo coser y cantar. El contragolpe, cuando llegó, fue feroz. Allen, junto a un selecto grupo de mujeres jóvenes famosas a ambos lados del Atlántico, ha sido, con frecuencia y en cierto modo de forma histérica, puesta en la picota en la prensa amarilla y en las web de cotilleo, por su, supuestamente percibido, mal comportamiento. Ha tenido peleas con otras estrellas pop. Su relación con los paparazzi podría describirse educadamente como tirante. Su vida privada se ha convertido en pública. Mientras, una serie de traumas personales amenazan ocasionalmente con abrumarla.

“Estaba preparada para eso porque la gente decía, ‘¿Estás listas para el contragolpe?’” cuenta Allen. “Aún así seguía resultando irritante y confuso. A veces era simplemente como una descarga de odio. Ahora si salgo y tomo una copa soy una vergüenza y si no lo hago soy aburrida. Ese es el contragolpe, la reacción antagónica. Pero no hay nada que yo pueda hacer al respecto. No te dan la opción de si convertirte en famosa o no. Creo que hay gente que se confunde con eso.”

Todo eso, la mayor parte completamente más allá de su control, ha llevado a una sensación – sentida por ella tanto como por cualquiera – de que puede que la gente haya olvidado porqué le gusta Lily Allen en primera instancia. Esta es una queja que tiene fácil cura, y la panacea se llama “It’s Not Me, It’s You.”

El segundo álbum de Lily Allen, escrito y grabado exclusivamente por ella y Greg Kurstin, empezó a fraguarse en una diminuta casa alquilada en Cotswolds (zona montañosa en el corazón de Inglaterra) en el otoño de 2007, donde se habían ido los dos con intención de ponerse a trabajar. Tras una semana y media tenían seis canciones y un sonido nuevo había emergido: más oscuro quizás, definitivamente más bailable, claramente más maduro.

“La forma en la que trabajamos es”, explica Allen, “Greg y yo nos sentamos juntos al piano y él toca distintos acordes y yo digo “para” o “empieza” cuando me gustan. Luego canto encima y pienso en las letras.

“Decidimos e intentamos hacer canciones con un sonido más potente, canciones más etéreas, verdaderas canciones. Yo quería trabajar con una persona de principio a fin para hacer todo el trabajo en conjunto. Quería que transmitiera como que hubiese cierta especie de integridad. Creo que la primera canción que hicimos fue “I Could Say” (Podría decir). Ese tema estableció el tono para todo el álbum. Creo que he madurado un poco como persona y espero que eso se refleje.”

Líricamente, en cuanto a las letras, “It’s Not Me, It’s You” es a la vez una continuación de las preocupaciones de “Alright, Still” y un gran paso adelante con zapatos de tacón alto. Los exámenes forenses, conmovedores y a menudo muy divertidos, de las relaciones y la política sexual siguen presentes – e igualmente alegres y divertidos – pero también se abordan temas con más peso: Dios está presente en el disco, igual que lo está George Bush, y la familia de Allen también está ahí (aunque no en las mismas canciones que Dios y George Bush.) Además de todos los triunfos y tribulaciones de la vida de una mujer joven a finales de la década del 2000 en Gran Bretaña.

“Me resulta difícil escribir canciones sin contenido”, declara Allen. “Trato de escribir cosas que son relevantes para mi vida – que es totalmente extraña y surrealista – y también que sean universales a la vez. Creo que el disco es probablemente un poco más oscuro pero no porque yo tenga un punto de vista más oscuro sobre la vida. De hecho me siento más feliz ahora que cuando publiqué “Alright, Still”. Cuando estaba escribiendo el primer disco sentía como que estaba realmente luchando contra algo. Quería hacer algo y me parecía que no le interesaba a nadie. Ahora siento como que la gente está muy interesada.”

A esa gente le interesará saber que “It’s Not Me, It’s You” puede que sea el único álbum que escucharán en el 2009 que trate temas como el racismo (“Fuck You” – Que te jodan ); discriminación por razones de edad (“22”); el lado oscuro de la cultura de los famosos y del consumismo (“The Fear” – El temor); la dependencia de las drogas (“Everyone’s At It” – Todo el mundo está en eso); y el 11-S (“Him” – Él); pero también sobre comidas pre-cocinadas y para llevar (“Chinese” – Comida china); eyaculación precoz (“Not Fair” – No es justo); la eterna tontería de los hombres (“Never Gonna Happen” – Nunca va a suceder), además de la belleza frágil de los primeros amores (“Who’d’ve Known” – Quién lo hubiera sabido).

“It’s Not Me, It’s You” es sin lugar a dudas Ella: apuntalando verdades cotidianas y picantes comentarios sociales expresados con voz de ángel. It’s a potent combination. It could only be Lily Allen.

Web oficial: http://www.lilyallen.es

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